sábado, 10 de noviembre de 2012

El infierno del desahucio de Amaia




     Llueve en Baracaldo. Normalmente, los meses de noviembre en el País Vasco son nublados, lluviosos y fríos. Amaia, asomada a la ventana de su casa, nota la tristeza de las hojas caídas, de los charcos inacabables, de ese sol que no sale nunca, que lleva demasiado tiempo escondido no sabe dónde.

     Amaia disfruta de un buen trabajo, es jefa de recursos humanos en una empresa de autobuses. Está felizmente casada y tiene un hijo de 21 años. Hace algunos, no muchos años, decidió, junto a su esposo, comprar una casa. El precio de la vivienda estaba por las nubes pero todos sus amigos y vecinos, hasta el jardinero y el taxista, vacilaban de sus inversiones inmobiliarias. Los créditos estaban baratos, los bancos apenas exigían requisitos para verificar la capacidad de retorno del dinero que iban a prestar, los intereses, el dichoso euribor, estaban por los suelos, y los plazos de amortización se estaban ampliando hasta 40 años. No vamos a ser nosotros los únicos gilipollas que no tengamos una vivienda en propiedad. Firmamos la escritura, nos entregan las llaves y adelante con los faroles.

     Amaia no leyó la letra pequeña de la escritura de compraventa con subrogación de hipoteca. Cualquiera lo hace. Más de 50 páginas en las que se describen términos tales como "el interés francés", "el precio pactado de subasta", "las costas de la hipotética ejecución", "la responsabilidad patrimonial universal" o el "interés de demora". Probablemente, ni siquiera el Notario se la leyó. No tenía saliva suficiente para soportarlo. Da igual. Lo importante es que salió de la Notaría con las llaves de su flamante casa recién amueblada. El banco incluyó en el crédito hipotecario la financiación de los muebles y electrodomésticos, los honorarios de Notario y Registrador de la Propiedad y hasta la financiación de un coche nuevo. Vámonos a un restaurante y remojamos el piso nuevo.

     Los números que hizo Amaya cuadraban. Con su sueldo y la mitad del de su esposo se cubría el plazo mensual de amortización. El resto, para vivir. Como todos nuestros amigos, como el jardinero y el taxista, como todo el mundo. Vamos, vamos, que nos vamos.

    Amaia cayó en la trampa, la trampa de los banqueros sin escrúpulos, la trampa de la dinámica diabólica de vivir a crédito en la que todo el mundo se autoincluía en la llamada "clase media", la trampa de la especulación, del derroche, la trampa del becerro de oro, de los bolsos de Luis Vuitton, de los pantalones de Armani, de los cruceros en el Caribe y del BMW aptos para todos los públicos.

    Amaia escuchó, en septiembre de 2007, que en Estados Unidos había estallado la crisis de las "hipotecas subprime". A principios de 2008, algunos "antipatriotas" auguraban una grave crisis. Ni caso. Mi marido y yo somos del Partido Socialista y Zapatero, el adalid de "los que no tienen de todo" ha dicho que esto es simplemente "una desaceleración, un ajuste". Zapatero sí que sabe.

    Y vino el tsunami de la crisis, la ruina y la desolación. Poco a poco lo invadió todo. A Amaia le redujeron el sueldo y a su marido también. Malditos recortes. Con lo que ganan los dos ya no da para pagar la hipoteca y, caro, antes que la hipoteca, está llenar la nevera. Lo primero es comer. Amaia ya se ha dado cuenta de la terrible trampa en la que cayó, de que Zapatero nos hundió en la cloaca y que Rajoy está haciendo el agujero más grande, de que los altos mandos de las otrora estupendas Cajas de Ahorro se lo han llevado crudo, las han llevado a la quiebra y no van a pisar una cárcel ni por error u omisión. Zapatero primero y Rajoy después les han dado el dinero que no tenemos, el que hemos tenido que pedir prestado a Alemania, para tapar el agujero negro del despilfarro, de la burbuja y de ladronicio. Se ha dado cuenta de que la clase trabajadora no trabaja, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase. Porque hace falta no tener clase para que, con sólo tres cuotas impagadas, liquiden la hipoteca e insten su ejecución judicial. Cuando le notifican la demanda comprueba de que la deuda ya se ha multiplicado por dos. Tanto de principal, tanto de intereses de demora pactados y tanto presupuestados para intereses remuneratorios y costas. Una demanda de copia-pega presentada en el Decanato de los Juzgados invocando una ley en vigor desde hace más de 120 años y todo se va a la mierda. No ya es que pierda su casa, es que aún sin techo, va seguir debiendo dinero ella, su hijo, su nieto y todas sus raíces geneológicas. ¡Pero cómo pude yo firmar eso, Dios mío!

    Dentro de quince minutos es el "lanzamiento". Así denomina la Ley de Enjuiciamiento Civil el acto procesal consistente echar a la gente de su domicilio por impago. La lanzan a la calle. Es la crueldad del lenguaje jurídico. Un agente judicial, dos policías municipales, un cerrajero y el Procurador del banco, o sea, otras cinco víctimas del tsunami, se personarán en casa de Amaia y la echarán a ella y a su familia a la puta mierda. Se va a hacer justicia.

    Hace apenas un año veíamos como en Grecia la gente empezaba a suicidarse como consecuencia de la angustia de verse arruinados. Calma, nosotros sí saldremos adelante. Da igual lo que digan insignes economistas como Niño Becerra, Alberto Recalde o Paul Graugman, da igual que el FMI o la OCDE sigan pronosticando el agravamiento del cáncer, da igual que la Macroeconomía sea una ciencia. Nosotros, sí saldremos adelante.  Hace un mes, Félix Baunmganter saltó al vacío buscando el cielo en la Tierra. Ahora, Amaia también lo ha hecho pero para huir del infierno. No somos Grecia.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado tu columna. Llevas razón en todo. La verdad es que has explicado muy bien toda esta injusticia y crueldad que está ocurriendo con los desahucios. Yo también tengo una hipoteca y estoy en paro, al estar divorciada, tengo el uso del piso por tener las niñas a mi cargo (El piso lo venderemos cuando la pequeña cumpla los 18 y ya va a cumplir los 15). Yo pago religiosamente y sin fallar ni un solo mes la mitad de la hipoteca, menos mal que no nos metimos en un piso más caro, grande y nuevo como nos aconsejaba todo el mundo y ahora tenemos que pagar 350 euros mensuales. Bufff, de la que nos libramos. Aunque para alguien que está en paro como yo, 175 euros más 110 de comunidad (esta sí la pago yo sola) es muchísimo. En cuatro años de divorcio sólo he conseguido trabajo durante 3 meses como monitora a 700 euros el mes y de esto hace más de un año. Ahora estoy pendiente a ver si me dan la RAI, 426 euros. Porque la ayuda familiar de 6 meses se me acabó en junio. Este rollo mío te lo cuento porque todo lo que explicas es real y eso que este matrimonio trabajaban los dos, que por cierto es algo que no entiendo ¿en qué cantidad de hipoteca tan bestial se metieron? Me parece que muchos quisieron tener más de lo que podían. No sé, lo digo porque yo con dos sueldos (que jamás he tenido en mi casa) hago milagros...
    Un saludo y sigue con tus post.

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado mucho cómo lo has explicado. Qué pena llegar a estos extremos. Habrá solución????

    ResponderEliminar
  3. Bonita historia......claro, si fuera cierta.

    Pero Amaia no era una persona golpeada por los efectos de la crisis., sino parte de una familia de tres miembros en la que los dos progenitores tenían trabajo, un buen trabajo y bien remunerado, por encima de la media.

    Por cierto, ¿de dónde saca ud. que Amaia fue desahuciada por no pagar su hipoteca?

    La verdad es que Amaia fue desahuciada por haber avalado a un familiar frente un banco y, lo peor, por haberlo mantenido oculto a su marido. Su marido no se explicaba por qué su mujer se tiró por la ventana. Nada pudo hacer para ayudarla. Y es que esa muerte tan absurda se podía haber evitado, y el desahucio también.

    Amaia perdió su vivienda por una mala decisión unipersonal, por una falta de honestidad y de confianza hacia su propia familia, y por el peso de una vergüenza y un sentido de culpabilidad que no pudo soportar, pero que nada tenía que ver con su situación económica.

    Lo siento. En esta ocasión su lastimero y lagrimógeno relato no tiene nada que ver con la realidad. Claro que la realidad ¿qué importa?. El efecto mediático es lo importante. Inténtelo en otra ocasión. A lo mejor, hasta acierta.

    ResponderEliminar